
Por: Hazael Valecillos (@hazaelvv)
Me fascina Caracas, porque amo las ciudades que se odian a sí mismas, tanto como amo a las mujeres que lloran después de hacer el amor. Caracas tiene ese encanto decadente de la ciudad que fue metrópolis en los 70 y que hoy es, en muchos sentidos, la deformada mueca de un progreso que jamás terminó de cuajar en nuestras tierras. Una ciudad con casi tantas capas como habitantes, con mil rostros, es la ciudad que muerde como dice su gran cronista Héctor Torres, la ciudad de cristal que describe Sánchez Rugeles en la primera parte de esa extraordinaria novela que es Blue Label/Etiqueta azul, es la ciudad en donde mejor se baila salsa en todo el mundo y la meca de los perros calientes callejeros. No es Caracas el problema...
Cuando -hace ya no recuerdo cuánto tiempo- escribí el tweet que le da título a este editorial, no lo hice producto de un odio visceral hacia Caracas o del reconcomio provinciano hacia la capital, por ser allá donde "las cosas ocurren"; lo hice como una forma de expresar mi cansancio, mi agotamiento, ante una literatura –la nuestra- que al menos para ese momento parecía ofrecer pocas variaciones. Una literatura que me producía ataques de claustrofobia, encerrado en una ciudad, una única ciudad –como en cualquier ficción distópica-. Unas calles, una atmósfera, una dinámica que no siempre, casi nunca, estaba bien contada, que la mayoría de las veces era un simple calco, una especie de fórmula a la cual adherirse.
Más que literatura, las letras que se publicaban De la urbe para el orbe, parecían tener la filantrópica misión de guiarnos por todos los entresijos de nuestra monstruosa metrópolis ¿Para qué sirve la literatura venezolana? Para no perderse en Caracas. Porque seamos sinceros ¿es realmente la dinámica del Metro tan difícil de comprender, abarca tantas posibilidades como para que necesitemos leernos 10 novelas antes de comenzar a usarlo? No te pierdes en Caracas, es Caracas la que se pierde por estar mal hecha, por ser caótica y, en el caso que nos ocupa, por estar mal contada.
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